lunes, 15 de marzo de 2010

Artículo del profesor Ricardo Gil Otaiza (ULA/Farmacia).

Artículo del profesor Ricardo Gil Otaiza (ULA/Farmacia).

PROFE

EL UNIVERSAL 04/03/2010.- Debo reconocer que cuando los alumnos me decían "profe", me indignaba, me sentía incómodo, como si con este diminutivo estuvieran minimizando mi actividad docente, mi ejercicio profesoral. Prácticamente lo tomaba como un insulto. Como todo en la vida se hace costumbre, terminé "aceptando" que de los labios de mis alumnos no pueda salir el vocablo completo, "profesor", aunque insista en ello, aunque machaque hasta el fastidio el valor del buen hablante.

Tan permeable he estado con esta habla a medias, que ahora soy yo el que digo "profe" a mis colegas y cuando me doy cuenta, corrijo, pero vuelvo a caer como si de un vicio se tratara. Ahora bien, que a nadie sorprenda que en el DRAE aparezca el vocablo "profe" para lo masculino y "profa" para lo femenino, como abreviatura de profesor, pero supongo (y así lo asumo) a los efectos de dirigir a los colegas una comunicación, no para abreviar tal condición académica en el habla cotidiana, o en el trato directo, que es otra cosa.

Bien como profe o como profesor, considero que nuestra labor no está siendo valorada en el contexto nacional. Es más: es invisibilizada. Está tan mal remunerada, por decir algo, que veo a muchos colegas realizando tareas colaterales para completar sus exiguos sueldos.

Conozco a profesores que tienen que vender comida, prendas de oro y de plata, autoperiquitos y otras mercaderías, para poder mantener los hogares, cubrir medianamente sus compromisos y no exponerse a embargos o a situaciones verdaderamente difíciles y vergonzantes.

Duele profundamente el que los profesores universitarios nos preparemos prácticamente durante toda nuestra carrera (25 años), haciendo estudios especializados, publicando, investigando, impartiendo docencia, asistiendo a eventos dentro y fuera del país, y la remuneración que recibimos no esté en concordancia con tamaño esfuerzo personal e institucional. Día a día se nos cierran las posibilidades de elevar nuestra calidad de vida y los pocos incentivos que se han dado para la labor docente y de investigación, para asegurarnos un sueldo un poco más digno sobre la base de una mayor producción académica y científica, prácticamente desaparecieron de un plumazo gubernamental. Hasta ahora no he visto en la prensa el pronunciamiento de los gremios (si lo han hecho me disculpan) ante el inminente cierre del PPI (Programa de Promoción del Investigador), ante la desaparición de la Conaba (Comisión para el Beneficio Académico). A duras penas subsisten, gracias al denodado esfuerzo y apoyo de los CDCH de las universidades públicas, algunos programas de estímulo a la docencia y a la investigación, que se traducen en beneficios.

Si esto que planteo está sucediendo en las instituciones públicas, ni se diga de la difícil situación que viven los colegas profesores de los institutos de educación superior privados. Carecen de seguridad social, los sueldos son miserables y las condiciones de trabajo distan mucho de ser las ideales. Considero que se debería asegurar, no sólo la calidad académica y la pertinencia social de estas casas de estudio, sino también, que los docentes (casi unos esclavos del siglo XXI) reciban una remuneración que les permita vivir con dignidad, y puedan desarrollar su carrera académica bajo criterios de avanzada y de excelencia. No puede ser que los dueños de estas instituciones se lucren de manera perversa con el trabajo de los profesores y de todo el personal en general, y en contrapartida les nieguen justas reivindicaciones laborales. Eso esto es inaudito. Esto no puede continuar.

Al igual que Manuel Barroso, autor del extraordinario libro La autoestima del venezolano, considero que la única salida a nuestra crisis como personas y como país, está en la educación. Pero, ¿cómo podemos tener una educación de calidad con un docente maltratado, ninguneado, vejado, mal pagado, invisibilizado, hambreado y marginado?

¡Imposible!

Nota: Agradezco a la profesora María Mercedes Cambil la remisión de este artículo.

Atte

Profesor Héctor Allán Núñez Sotelo
Representante Profesoral ante el CU UCLA